Después de haber tenido el blog abandonado un par de semanas (vacaciones, catarro, "vuelta al cole"...) volvemos con una receta fácil, rica y ligera. Porque sí, durante estas fiestas he comido sin remordimientos, cogiendo reservas para el invierno... ¿Que me quieren cebar en casa? ¿Quien soy yo para negarme? Espero que todos hayáis disfrutado tanto como yo. Pero claro, ahora toca volver a la normalidad. Pero aquí nadad de dietas-milagro. Se trata de comer sano, variado, y sobretodo, rico.
Los mejillones me encantan. Y he descubierto que aquí en Viena los puedo encontrar a un precio accesible. En bolsa, envasados al vacío. Lo cual me ha hecho plantearme algunas cosas. Según tengo entendido (y encuentro en internet), los mejillones se abren al cocerse porque se mueren. Si alguno no se abre, es que estaba ya muerto, y hay que desecharlo. Pero estos que vienen en bolsa... ¡también se abren al cocerlos! ¿Entonces? ¿Es que estaban vivos durante semanas sin aire? no creo... Si alguien lo entiende, que me lo explique... De todas formas los que he usado para esta receta ya vienen cocidos, listos para comer. Y para quitar un antojo no están malos.
Eso sí, estas Navidades he podido disfrutar de mejillones ricos, gordos, fresquitos... ¡y no tiene nada que ver con los que compro aquí! Pero bueno, hay que conformarse con lo que hay y adaptarlo lo mejor posible. Y esta receta tan fácil viene estupendamente para los mejillones, y claro, cuanto mejores sean estos, ¡mas rico todavía!
Es una adaptación a la salsita de tomate picante que tan bien va con los mejillones. A mi me encanta, pero para variar de vez en cuando, el toque de la albahaca te da un sabor muy rico.





