Hay platos sencillísimos, rápidos, baratos y que pocas veces se preparan en casa. Por falta de costumbre, porque lo típico es comerlos por ahí, por pereza, por no tener la receta correcta...
Este además es un entrante que me llena de recuerdos y eleva el nivel de morriña a 100. Ayer me acordaba de la última vez que lo comí, en Getxo, estas navidades. Patri recién llegada de Shangai, después de un año. Yo recién aterrizada de Austria... nos pasamos todas las navidades comiendo todos los pintxos que se nos pusieron por delante. Creo que no hubo día sin pintxo... El día de los champis no teníamos ni hambre. Pero fuimos a por un vino, el camarero estaba terminando de montar unos sobre la plancha... y los champis se vinieron con nosotras a la mesa. Una vez allí los repartimos entre todos los que estábamos... no es que sea un pintxo que llene o que sea para compartir... pero que más daba, si aquello era sólo gula.
Gula y ganas de estar juntas, de charlas y más charlas, de abrazos, menos de los que nos debíamos, de paseos junto al mar, de no parar de reir... os echo de menos chicas. ¡Pero que poquito queda ya para la siguiente ronda de pintxos!
Y de mientras, me los preparo yo en casa. Nadie me mima más que yo misma, jejeje...
Después de haber probado varias recetas para la salsa de ajos y guindilla para los champis (nada de champiñones, estos son champis), hace tiempo que me quedé con esta. A veces sale más más blanquita, a veces más colorada, depende del tomate que use, pero siempre igual de rica. Con ese punto (o más que punto) picante que tan bien pega con los champis...
El truco, hacerlos despacito y a la plancha. Primero boca abajo, luego boca arriba, que suelten el juguillo... Los champiñones, lo más frescos posibles, grandotes. Los que veis en la foto son marrones, pero por supuesto lo normal es usar los blancos de toda la vida.






















