En mi casa las costillas de toda la vida se hacen de la forma más rápida y fácil. Al horno fuerte, en menos de media hora la cena lista. Si acaso, adobadas un rato antes. A mi me encantan así, pero a mi pinche eso de rebañar los huesos no le gusta nada. Le gustan muy hechas, que la carne se separe sola del hueso, como en los restaurantes americanos. Y con ese saborcito a barbacoa...
A mi es verdad que así me gustan mucho también, pero no quería esta vez tirar de salsas industriales, y además me apetecía un toque distinto...
Navegando en busca de inspiración surgió esta forma de prepararlas. Los tiempos y la idea, de Carlos Dube, Mercado Calabajío. La salsita de soja y miel de las chicas de Gastromaniac. Y no me equivoqué con la elección. Riquísimas, tiernas y jugosas, con un exterior un poquito dulce pero nada empalagoso, toda una delicia.
Para acompañar, unas patatas panadera al horno. El truco es cortarlas muy finitas para que se hagan a la vez que se doran las costillas. Con un poco de cebolla y hierbas aromáticas al gusto, están riquísimas, y mucho más sanas que fritas en aceite.





